El talento del artista
Hace un tiempo tuve que cambiar la pila de mi reloj. Es un reloj que tengo desde hace aproximadamente un lustro (hasta ahora no me había “fallado”), cuando quería uno de una cierta manera y forma pero que ni yo mismo sabía definir ni, por supuesto, había visto en ningún sitio. Aún así la persona que me lo regaló entendió perfectamente lo que yo quería. Lo entendió de hecho aún mejor que yo mismo, a pesar de mis pocas señas. Lo buscó, lo encontró y me lo compró. Acertó de lleno… “Pero eso es otra historia y debe ser contada en otro momento” (Ende dixit). La cuestión es que a la hora de remplazar la pila de este reloj me dirigí en primera instancia, como no podía ser, a un joyero conocido. Uno de los de toda la vida, de los que tienen una tienda pequeña pero con una clientela fiel como ella sola. De los que ya quedan pocos. Al comentarle la cuestión fue totalmente sincero (no esperaba menos); “Yo no te lo puedo hacer”, dijo. “Es complicado, porque tiene dos pilas, uno para la parte analógica y otra para la digital. Te podría enviar a un amigo, pero está en la otra punta de la ciudad, y te va a cobrar más que si lo llevas al Corte Inglés”. Tras esto y una agradable charla acompañada de un cigarrillo en la puerta de su comercio, accedo medio resignado a llevar mi reloj al Corte Inglés. Le doy las gracias y me despido. Es lo bueno de las tiendas pequeñas; la gente siempre tiene tiempo para salir a la puerta a conversar entre humo de tabaco.
Ese mismo día yo y mi reloj (en el bolsillo, llevaba otro de sustitución en la muñeca, más caro pero más feo para mi gusto y a años luz en cuanto a valor histórico y sentimental) vamos, como digo, de mala gana al Corte Inglés. Que nadie se confunda, no tengo nada o casi nada en contra de los grandes almacenes tipo el citado, pero si puedo elegir sin lugar a dudas prefiero acudir a un comercio pequeño. “De los que ya no quedan”. Quedo más satisfecho y para ellos es mejor. A eso lo llamo yo una relación de conveniencia.
“Día de compras compulsivas y plena hora punta” pienso justo cuando me veo metido de lleno entre la vorágine de gente armada con bolsas de plástico, esquivando caminantes de todo tipo; tanto de los que van a paso de tortuga como si estuvieran paseando por el parque a la luz de las estrellas, como de los que arrollan con zancadas kilométricas y exceso de velocidad. Paciencia, de la que tengo poca. En una de esas, detrás mía, oigo sin querer un comentario de una chica cogida de la mano de su novio, que dice algo así como “no me queda casi nada en la cuenta, pero es que me encanta ese bolso”. “Chica, acabas de definir el capitalismo” pienso.
Una vez en el Corte Inglés la marabunta no se suaviza, pero el “stand”, puesto o lo que sea de la marca de mi reloj está cerca de la entrada. Me acerco a él. Una dependienta extremadamente delgada que masca chicle como un camello está libre. Me acerco con un educado “Perdona, es para cambiarle la pila a este reloj”. Sin apartar la vista de sus quehaceres me señala las escaleras mecánicas; “está en la planta baja”. Añade que está junto a la consigna u objetos perdidos, no recuerdo cual de los dos. Levanta la mirada buscando alguna señal de entendimiento de su cliente. Deja de rumiar el chicle y me fija la mirada. Le doy las gracias y le sonrío de manera que no pueda apartar la vista de mi mientras me marcho por donde me ha indicado. No me atrae pero, ¿a quién no le gusta sentirse observado?.
Al llegar a la planta baja diviso el puesto del relojero. Efectivamente estaba al lado de la consigna o de objetos perdidos, no recuerdo cual. El “puesto” es un pequeño mostrador con un señor atrás que trabaja solo junto una fila de cajones donde guarda todos los relojes, supongo. El hombre en cuestión, de unos cincuenta y tantos largos cercanos a loa sesenta, más corpulento que gordo, de apariencia cansado y con unas gafas como las de Gepetto, atiende con una admirable calma a la fila de clientes, entre la que destacan un garrulo con su choni (“este viene con un Casio”), una pareja de casados con sus caóticos hijos corriendo por ahí, y yo, que estoy detrás de éstos últimos en la cola. Cuando el garrulo acaba le toca a la mujer casada, que insiste en probar todo lo probable de su reloj de 4000 € que solo da la hora y dice a gritos “mira, nosotros podemos pagarlo”, mientras tanto ella como su marido se despreocupan de sus hijos. O quizá no sean ni de ellos. En los centros comerciales mucha gente deja a sus críos libres como si fueran fieras, como el amo que suelta el collar de sus perros. En los mercados de gitanos no les sueltan la mano y les piden que no se separen, pero en El Corte Inglés los “dejan libres”. Debe ser el lugar más seguro del mundo para un niño de 6 u 8 años.
Tras ellos es mi turno, y así le expongo al señor relojero el problema técnico. Con un ligero vistazo me dice lo que ya se; “Es complicado. Éste modelo tiene dos pilas, uno para la parte analógica y otra para la digital”. “Lo sé”, respondo, fingiendo que se de qué habla. El relojero, al igual que la dependienta, también aparta la vista de su trabajo solo para buscar la mínima complicidad con el cliente. Pero en su caso no es por falta de gusto por el trabajo, es por cansancio. Sí, definitivamente está cansado. Pero instantáneamente, desde que llegué a la cola de gente y vi la calma con la recogía y entregaba los relojes, reconociéndolos todos como si viera a través de ellos, hasta que me atendió y vi su mirada, supe que se trataba de un trabajador de los de antes en un puesto de los de ahora. Siento una increíble admiración y respeto por los trabajos realizados a mano, los que requieren de la destreza y del talento del maestro que los realiza, de los que se hacen hoy casi de la misma manera que hace cien años, de los que solo unos pocos realizan y, tengo la sensación, tienen en las venas la capacidad y la ilusión para hacerlos, pues este tipo de oficios suelen pasarse de padres a hijos, de generación en generación. Y saben ellos mejor que yo que no es un trabajo sencillo, muchas veces poco rentable y poco agradecido. Por ejemplo, soy de los que cuando entran en una tienda de libros antiguos, de los que tienen las páginas amarillentas, la cubierta arrugada y huelen a celulosa vieja, se pasean por la estancia como si el tiempo se hubiese detenido, observando con una sonrisa cada una de las estanterías como si estuviese viendo diosas desnudas y acariciando esas viejas páginas como si pasara mi mano por la perfecta piel de las mismas. Es así.
Este hombre, que ahora me indicaba que mañana tendría listo el reloj y que podría pasar a recogerlo, denotaba esta experiencia, esos años de oficio, ese trabajo que realizaba cansado, quizá sin la misma ilusión que antes, pero sí con pasión y con la misma destreza e innata habilidad, pues sigo creyendo que se lleva en la sangre. Sin embargo, verlo trabajando ahí, con un cansancio justo dado el número de personas que debe atender al día, sin que éstos muestren el más mínimo interés o respeto por su trabajo, me hizo verlo, como ya he dicho antes, como el maestro en el lugar equivocado. O incluso como al artista al que el manager o la empresa de turno presiona para que realice un trabajo que no es el que desea hacer. He mencionado antes que debe ser un oficio duro, pues poca gente está dispuesta y tiene la habilidad para realizarlo, y quizá esa fue la causa de que éste hombre, con años de experiencia a su espalda que se ven en sus ojos, se muestre cansado, incluso resignado a cambiar pilas y arreglar quizá más de 20 o 30 relojes al día.
Al día siguiente fui a recoger mi reloj como me había indicado. Con solo verme y reconocerme lo sacó de la fila de cajones y me lo entregó. A día de hoy el reloj no ha fallado. Hizo bien su trabajo. Normal, lo lleva en la sangre. Una pena que otros cuatro o cinco clientes que esperaban ansiosos su turno, entre los que estaban otro clon de la señora del reloj de 4000 € del día anterior, con sus hijos sueltos y su marido resignado y cargado de bolsas no nos dejaran tiempo para charlar en la puerta del comercio y echar un cigarro.
Tiny tears make up an ocean
You’ve been lying in bed for a week now
Wondering how long it’ll take
You haven’t spoke, or looked at her in all that time
It’s the easiest line you could break
She’s been going round her business as usual
Always with that melancholy smile
But you were too busy looking into yourself
To see those tiny tears in her eyes
Tiny tears make up an ocean
Tiny tears make up the sea
Let them pour out, pour out all over
Don’t let them pour all over me
How can you hurt someone so much your supposed to care for
Someone you said you’d always be there for
But when that water breaks you know you’re gonna cry, cry
When those tears start rolling you’ll be back
Tiny tears…
You’ve been thinking about the time, you’ve been dreading it
But now it seems that moment has arrived
She’s at the edge of the bed, she gets in
But it’s hard to turn the opposite way tonight
Tiny tears…
Tindersticks – “Tiny Tears”
Dexter
Hoy quiero hablar de una serie situada en un extraño limbo entre las series de moda que triunfan (quizá motivado este fenómeno porque Hollywood ha dejado de ofrecer lo que el público buscaba, y la televisión ha visto la oportunidad y ha levantado la cabeza). Que nadie se confunda; no perdería mi tiempo viendo Heroes, Perdidos o cualquier otra serie facilona de moda (de esta última aguanté hasta la segunda temporada, momento en el que me di cuenta de que era una pérdida de tiempo que no llevaba a ninguna parte). Tampoco la pondría al nivel de House o Los Soprano, esta última que de la que no puede escribir lo suficiente a parte de definirla como “perfección televisiva”, arte a todos los niveles de un valor incalculable y cuotas de calidad a la altura del mejor cine de la historia (en serio, no exagero). Dexter está a medio camino entre una cosa y la otra, más cerca aún con todo de las series de calidad que de las típicas de moda.
Es muy buena y muy interesante porque tiene un personaje protagonista (el que da nombre a la serie) que es muy bueno y muy interesante, pero por lo demás, especialmente en lo referente a personajes secundarios… es triste y simple. Quizá les tengo manía o quizá es sencillamente debido a que la figura del propio Dexter es muy superior a la del resto de reparto, pero desde la hermana idiota y ameba a partes iguales, pasando por el poli negro cabrón, hasta al fracasado amigo hispano (acrecentado con un sombrerito que no se quita ni para ir al baño) la serie es simple a nivel de personajes, exceptuando claro al protagonista, quien mantiene por si solo a flote toda la serie a pesar de un argumento a veces también previsible, especialmente en la primera temporada. La segunda, opino, saca lo mejor de Dexter, de todos los personajes (aunque cueste), de los propios guionistas y de las situaciones más extremas en que puedan derivar, consiguiendo una tensión e interés entre capítulos muy destacable y unos momentos memorables que se resumen en una más que correcta trama, hasta el punto de que no sé si van a conseguir mantener el nivel en la tercera temporada (ojalá).
House es una serie muy buena porque, a parte del propio personaje de House, tiene unos secundarios y unos co-protagonistas muy conseguidos (bueno, en la cuarta temporada menos), y aún con todo salva una temporada entera de capítulos tremendamente similares en estructura y desenlace con unos dos o tres últimos episodios de la misma absolutamente sublimes. Dexter solo llega a buena porque el único personaje que vale es el propio Dexter (a pesar de que, incido, en la segunda temporada el guión consigue dar lo mejor de cada personaje, pues se centra especialmente en el protagonista).
Dexter es la historia de alguien obligado, incluso condenado, a fingir. Eso es muy difícil de representar, y en este caso tiene su mérito. Lo de que sea un asesino en serie y demás no importa, es simplemente porque vende más y es más “guay”, pero de la misma manera que en este caso la debilidad del personaje es su personalidad psicópata, también podría ser un autista, un gay no reconocido, un renegado de su pasado, un aislado de la sociedad o cualquier otro ser incomprendido. El fin seguiría siendo el mismo; el de alguien condenado a fingir lo que es, a aparentar lo que no es. Agotador, complejo, interesante, atípico, inteligente, sin futuro y, en este caso, frío y siniestro, la serie plasma bastante bien la condena que supone ser diferente, incomprendido, sumado además a lo que mola saber como funciona un psicópata en su “trabajo” (aunque aún no me creo eso de que sea fácil pasearse en plena mañana en un barco cargado de bolsas de basura con forma humana…) y con un guión que a veces consigue situaciones muy interesantes, especialmente al poner en jaque la trastornada psicología del protagonista y su particular “código de honor” (que finalmente se va a tomar por culo, lo cual me encanta).
Hay un diálogo en Dexter que resume a la perfección a este personaje y a cualquiera que tenga que fingir ser lo que no es o sentir lo que no siente. Es en uno de los flashback de Dexter en los que éste se muestra de adolescente (en plena crisis perruna-homicida), tras regresar de un típico baile de Instituto estodounidense, cuando su padre le pregunta “¿Te lo has pasado bien?”, a lo que Dexter responde “no, pero fingí que sí”.
Fingir es duro, jodido y supone una soga que se va cerrando cada vez más hasta que un día, sin avisar, ahoga. Por eso, el personaje de Dexter, y el de cualquiera que sea vea obligado a llevar una máscara, no tiene futuro… Y en ver ese imposible posible futuro es en el que radica el interés de esta serie, el que mejor se muestra en su segunda temporada, y por ese camino es por el que debe seguir en la tercera temporada que, por cierto, se estrena pronto si no me equivoco.
My Way
And now, the end is near;
And so I face the final curtain.
My friend, Ill say it clear,
Ill state my case, of which Im certain.
Ive lived a life thats full.
Ive traveled each and evry highway;
And more, much more than this,
I did it my way.
Regrets, Ive had a few;
But then again, too few to mention.
I did what I had to do
And saw it through without exemption.
I planned each charted course;
Each careful step along the byway,
But more, much more than this,
I did it my way.
Yes, there were times, Im sure you knew
When I bit off more than I could chew.
But through it all, when there was doubt,
I ate it up and spit it out.
I faced it all and I stood tall;
And did it my way.
Ive loved, Ive laughed and cried.
Ive had my fill; my share of losing.
And now, as tears subside,
I find it all so amusing.
To think I did all that;
And may I say – not in a shy way,
No, oh no not me,
I did it my way.
For what is a man, what has he got?
If not himself, then he has naught.
To say the things he truly feels;
And not the words of one who kneels.
The record shows I took the blows -
And did it my way!
Enorme letra. En la voz de Sinatra, convertida a maravilla.
Sangre nueva
Hace un tiempo se realizó un estudio que demostró que el criterio que siguen la mayoría de empresas a la hora de elegir entre decantarse por contratar a un empleado joven o a uno mayor varía más allá del trabajo a realizar. El estudio concluyó que intervienen factores totalmente externos, como el status social del país en cuestión, su situación económica, que hubiese estallado una guerra recientemente en cualquier otra parte del mundo, que una determinada moda hubiese pasado o estuviese en pleno auge, e incluso las condiciones atmosféricas del país donde se realice la entrevista en cuestión. Factores todos ellos, por supuesto, ajenos e incluso subliminales al empresario que tiene la última palabra sobre a quien contratar y a quien no.
Cuando tienes algo no te das cuenta de su valor hasta que lo pierdes. Es una verdad como un templo. Quizá una de las verdades más grandes que nadie haya escrito nunca. Y una de esas cosas que algún día se pierden es la juventud. No me refiero en cuanto a acciones; hay ancianos que viven más en un año que alguien en el transcurso entre los 15 y los 35 años. Me refiero a las emociones. A las sensaciones. A los errores dispuestos a cometer. Alguien mayor tiene la experiencia, el compendio de vivencias… la sensatez en resumen. Un joven siempre estará dispuesto al cambio, a cometer más errores de los que puede sopesar y espera que los demás toleren, aún siendo consciente de ello. Estará motivado por la ambición y el egoísmo. Por tener más de lo que puede conservar. Por hacer algo, aunque no sea lo más correcto ni lo racional. Eso… eso es un error. Un error estupendo, que hay que cometer.
A parte de esto, me he percatado que los viejos están locos por contar su historia, incidiendo en los sentimientos. Mientras tanto los jóvenes también cuentan la suya, pero sin soltar el escudo que permita que alguien vea y entre en lo que realmente se siente. Supongo que es sabiduría; llegado el momento te das cuenta de que es absurdo guardar lo que albergas.
Ignoro en que momento decidimos soltar ese escudo, pero espero que tarde en llegarme. Mientras tanto seguiré equivocándome, y me arrepentiré de algunos errores hasta ahogarme, mientras que por otros llevaré la cabeza alta, pues todos ellos me han definido. Y todos ellos tienen un fin. Como dice aquella estupenda frase, no recuerdo ahora mismo de quién: “quiero tener el poder de equivocarme”.
Una vez leí que el momento en el que alcanzas la madurez y dejas atrás la infancia es el momento en el que pierdes la inocencia. Estoy en parte de acuerdo pero matizo; creo que el momento exacto es cuando te percatas de que vives en una jungla donde impera la ley del más fuerte o del mejor, de que en el fondo todos estamos solos, y de que quien se pare a esperarte si te caes merece un monumento (si se llega a tener la tremenda suerte de encontrar a alguien así). Pero también de que no hay que reprochar, jamás, a quien decida seguir su camino y no recogerte. No es solidaridad, es objetividad.
Lo resume todo
Visto en menéame.
La poca sensibilidad, falta de profesionalidad y “amarillismo”, “rosismo” o del color del que se le quiera tintar que están demostrando los medios de comunicación con este caso demuestra y resume claramente lo que son; pura mierda.
Los momentos más cruciales de la vida…
… Son aquellos en los que, sencillamente, “sobran las palabras”. O no son necesarias.
“¿Qué fue de… Gary Cooper?”
Sublime
“Da el primer paso. No necesitas ver toda la escalera, solo da el primer paso.”
Martin Luther King
V de Vendetta: “¿Es inútil pedir perdón?”
-¿Vas a matarme ahora?
-Te maté hace diez minutos… mientras dormías.
-¿Voy a sufrir?
-No.
-Gracias.
(…)
-¿Es inútil pedir perdón?
-Nunca.
-Lo siento mucho…
Inspiración/Expiación
En mi (jodido) momento y (puta) situación actual hay cosas que me inspiran… El sol filtrándose por las mañanas, el canto de un pájaro, la sonrisa de un niño, un tema de la radio… No, en serio, me refiero a uno de esos tantos grupos que llevan acompañándome mucho tiempo y que tienen la facultad de llegar a ”animarme”; Creedence Clearwater Revival. En fin, no con la misma efectividad que al Gran Lebowsky, pero casi:
Que me jodan si no es una de las mayores paridas en forma de película que he visto.
Supongo que podría vivir sin música, pero… ¿entonces quién me iba a levantar cuándo la gente fallara intentándolo?
…
Ahora que no tengo nada es cuando puedo ganarlo todo.







